Infortunio
No era yo en mí
sino el miedo a desaparecer
del inte rior de la serpiente
cuando el ele fante olvidara
que alguna vez lo miré
antes de tragarlo
No era yo
sino la sangre
de angus tias ondulantes
Detrás de mí
no era
sino el movimiento decrépito
en las arterias
No era en mí
la oscuri dad
No era yo la serpiente
No eran mis ojos.
En el sueño no muero
En el sueño no muero, me traslado
con la flama hacia mi cuerpo
No hay más ruinas que levantar
acaso la más cara que me vio partir
rumbo a la noche blanda, eléctrica. No
muero, me sostengo en cada paso
que enciende la nube
y callo
—Aquí, decía el poeta, y voy al vértice
Hay montañas que tienden al precipicio
soy la caída, la ondulación
Hay gente que señala hacia las piedras
Hay un pozo al centro de la plaza
y cabezas lanzadas desde su brocal
van al llanto, a la bala
en el grito, el último
Ayer se moría para ceder la entrada al túnel
hoy los engranes del silencio transgreden
una piel que me devora
Hay un jardín de raíces pudriéndose
en estos ojos sumergidos en el amanecer
en la sangre de una bóveda calcinada
He dejado de partir
la pupila se contrae
al centro de un cielo amniótico
ya no atiendo a la prisa de la duda
ni escucho al rostro disperso del muro
pero aunque no muero sé que el viento
me humilla al desper tar en otro sol
de claves marchitas
de nieve azu lada que brota de los poros, de la boca
En el sueño hay un río que se lleva el cadáver
y un árbol que sujeta el temblor
Aquí, en el negro inmóvil, bajo un viento artificial
la vida se demora.
Ouroborus
Hoy
Se vive así
con el fuego en casa
sin más
Los muros blancos de mi calle
y las reproducciones de Goya
entre los dientes
La roja ausencia del espejo
Allá, el ruido impreso
del vaivén de los hombres
Aquí, el silencio roto
la flor evaporada
y la ceniza caída de la boca.
Publicados en la revista Crítica, núm. 47
http://revistacritica.com/poemas/tres-poemas-3

